Mi historia empezó en mayo de 2018 cuando me descubrí una bolita en el seno izquierdo. Hasta 2 meses después decidí ir con mi ginecólogo a que la revisara, y me aseguró que era una bolita de agua, me dio un tratamiento para ver si se desaparecía y no funcionó. Irresponsablemente me tardé 8 meses en regresar a una segunda revisión, y en febrero de 2019 me volvió a dar el mismo diagnóstico (una bolita de agua) y decidí confiar. Y fue hasta finales de junio de 2019 que decidí por fin pedir una segunda opinión, fui con una Radióloga, y ella, al no gustarle lo que vio, me mando con un Oncólogo. Realmente en mi cabeza, cuando me hicieron la biopsia, JAMÁS pensé tener cáncer, pensaba que, siendo una persona joven, muy saludable, que hace ejercicio, etc., era imposible que algo así me pasara. Días después, el 1 de julio me confirmaron que era un tumor maligno, siendo obviamente la noticia que más sentimientos me ha provocado, miedo, duda, tristeza y que cambió mi vida por completo. El 2 de julio me ingresaron al hospital para hacerme todos los estudios necesarios, y el 3 de julio me quitaron el tumor a través de una cirugía conservadora (la cual fue posible por mi tipo de tumor, la ubicación y muchos factores). A pesar de mi desidia en decidir atenderme (más de 1 año), puedo decir que soy muy afortunada porque mi cáncer fue detectado muy a tiempo, estando aún en etapa 1. El siguiente paso era saber si era necesario, en mi caso, recibir quimioterapia, para esto mandé a hacer una prueba genómica llamada Mammaprint, la cual, analiza más de 70 genes del tumor para conocer el riesgo de recurrencia del cáncer en un plazo de 10 años y mi resultado fue que había un “alto riesgo”. Para el tratamiento a seguir, tomé varias opiniones médicas, en unas me querían dar más quimioterapias que otras, y aunque fue difícil decidir, por los miles de consejos y opiniones que todo el mundo me daba, al final confié en los doctores que Dios puso en mi camino desde un principio, y estoy convencida que con eso fue suficiente para eliminar esa enfermedad de mi cuerpo para siempre.
Recibí 4 quimioterapias, fue un proceso difícil, cansado, doloroso, tener sensaciones que nunca había tenido, estar completamente débil, dolor en las encías, tener insomnio, no tener ganas de comer y que toda la comida me supiera a metal (hasta mi comida favorita), entre muchas otras cosas. El siguiente tratamiento fue la radiación, de la cual me dieron 24 sesiones, y aunque fue un proceso mucho menos desgastante, fue también doloroso por las quemaduras de la piel, aunque mi recuperación fue increíblemente rápida. Al terminar empezó mi tratamiento anti hormonal (debido a que mi tumor fue de receptores hormonales positivos), el cual, debo seguir entre 3 a 5 años, siendo una de las noticias más tristes que recibí ya que en todo ese tiempo no puedo buscar tener hijos. Por esta razón decidí hacer un tratamiento de congelación de óvulos previo a empezar quimioterapia. Definitivamente, la parte más difícil de todo este proceso fue la de perder el cabello. Desde el momento que mi doctor me dijo que era 100% seguro que pasaría, empezó el miedo y la incertidumbre de cuando llegaría ese momento. Hubo un día (2 semanas después de mi primera quimio) en que me di cuenta, que era anormal la cantidad de cabello que se me cayó y a partir de ahí cada día fue más y más, hasta el momento en que ya fue necesario raparme.
No hay nada que se compare a este sentimiento, porque al final esa es la parte más gráfica del cáncer, significa perder una parte importante de ti, y sí, es sólo el físico, pero es verte al espejo todos los días y no reconocerte, saber que pasaran años para verte como antes. Aunque también, debo reconocer que eso de tener tantos looks diferentes no me esta desagradando tanto, además que aprendí a ser mucho más agradecida con todo lo que tengo.
El cáncer, sin duda, ha sido la lección más grande que la vida me ha dado, nunca creí que algo tan malo podría dejarme tantas cosas buenas. Pude darme cuenta de todo lo que soy capaz, de lo fuerte y valiente que puedo ser, me ayudó a descubrir la cantidad enorme de personas increíbles que tengo cerca de mí y que me hicieron sentir siempre tan querida y acompañada. Pude empezar a ver la felicidad desde otra perspectiva, valorar cada mínima cosa que he tenido y tengo en mi vida. Me recordó la importancia de siempre buscar cumplir mis sueños porque la vida se va en un abrir y cerrar de ojos. Esta enfermedad me dejó un enorme compromiso conmigo misma, de siempre estar consciente de lo que me pase, de cuidar más mi salud, cuidar más mi alimentación. Vivía con mucho estrés, queriendo hacer mil cosas a la vez, preocupándome muchas veces por cosas que no valen la pena, y con esto me di cuenta, que las enfermedades tienen TODO que ver con la parte emocional, y aunque es una parte complicada de controlar al 100, estoy aprendiendo y trabajando en ser una mejor versión de mí misma, una persona que viva más el presente sin pensar en el pasado ni el futuro.
Lo mejor que puedo hacer con mi vivencia es ayudar a personas que estén pasando por algo como lo que yo viví, porque definitivo, no hay misión más bonita en el mundo que poder apoyar a alguien en una situación tan difícil como esta. Y, sobre todo, poder servir de ejemplo para concientizar a todas las mujeres a no dejar sus revisiones periódicas, e invitarlas a “exagerar” cualquier anomalía que encuentren y checarse de inmediato con un especialista.
El principal mensaje que puedo darle a alguien que en estos momentos que esté pasando por este proceso es que, “TODO PASA”, todo lo que sientas es temporal, y cuando todo termina, sientes que renaces y eres una persona completamente nueva, con una nueva oportunidad de hacer mejor todo en tu vida. Y lo que más ayuda es rodearte de personas positivas, gente que te quiere, para mí eso marcó una gran diferencia, tener tanto apoyo, cariño y entrega de mi esposo, mi familia, mis amigos y toda la gente que me rodea. Y hoy puedo decir que ser una sobreviviente al cáncer, me hace sentirme orgullosa de mí misma y con muchas más ganas de vivir plenamente mi vida.